Líbano grita mientras la Flotilla zarpa
A la delegación chilena que parte hoy hacia Palestina, y a todas las personas que en estos días aprenden de memoria el nombre de las ciudades libanesas que están siendo bombardeadas.
En unos días zarpa una delegación
En unos días parte la delegación chilena en la Flotilla rumbo a Gaza. Lleva consigo lo que el bloqueo no ha podido detener: la voluntad de millones de personas que se niegan a aceptar que la vida del pueblo de Gaza valga menos que cualquier otra. Cada paso que esa delegación da hacia el Mediterráneo oriental es un paso que el resto camina con ellas, desde aquí, desde la Cordillera, desde el sur del mundo.
Pero mientras esa delegación se prepara, el Mediterráneo oriental no descansa. A la sombra del alto el fuego entre Estados Unidos e Irán, otra guerra está escalando — y casi no aparece en los titulares chilenos. Es la guerra contra el Líbano. Y necesitamos hablar de ella ahora, no después.
Lo que pasa en Líbano hoy

Equipos de rescate buscan sobrevivientes en Sidón tras un ataque aéreo israelí. Imagen: Deutsche Welle, 9 de abril de 2026 (fuente).
El 8 de abril de 2026, Israel lanzó su mayor ataque coordinado contra el Líbano desde el inicio del conflicto. Lo bautizó «Oscuridad Eterna». Ciento sesenta bombas cayeron en diez minutos sobre tres frentes: los suburbios sur de Beirut (Dahye, Corniche al-Mazraa, Barbour, Ain al Mreisseh, Burj Abi Haidar), el valle de la Becá, y el sur del país.
Las cifras del Ministerio de Salud libanés, recogidas por agencias y medios internacionales:
- 254 personas asesinadas en una sola jornada.
- Más de 1.165 heridas.
- Más de 1,2 millones de personas desplazadas desde el inicio del conflicto reciente — cerca de una de cada cinco habitantes del país.
El gobierno libanés calificó los bombardeos como crimen de guerra.
La tregua que excluye
Existe un acuerdo de alto el fuego de dos semanas entre Estados Unidos e Irán, firmado bajo presión internacional tras meses de escalada regional. Ese acuerdo, sin embargo, no incluye al Líbano. La declaración no es nuestra: es del propio portavoz militar israelí Avichay Adraee, quien afirmó textualmente que «la batalla en el Líbano continúa».
Lo que esa frase encierra es una decisión política grave: convertir al Líbano en territorio descartable. Una geografía donde está permitido matar mientras en otras mesas se firman papeles. La lógica es simple y obscena: la diplomacia funciona cuando conviene, las bombas cuando conviene más.
Irán ha advertido que romperá la tregua si los ataques al Líbano continúan. La Unión Europea ha expresado su preocupación por el riesgo que estos bombardeos suponen para todo el alto el fuego regional. Y mientras tanto, en Beirut, en el Dahye, en el valle de la Becá, las familias entierran a sus muertos sin saber si el techo de mañana seguirá en pie.
Lo que sabemos sobre los desplazamientos
El Middle East Council on Global Affairs y Al Jazeera han documentado durante las últimas semanas que el desplazamiento interno en el Líbano ha alcanzado niveles sin precedentes desde la guerra civil. Personas que ya habían huido en oleadas anteriores vuelven a huir. Mujeres embarazadas buscan atención médica bajo bombardeo. Niñas y niños duermen en plazas del centro de Beirut, en carpas levantadas con lo que se podía cargar a la espalda.
La ONU ha llamado al Líbano un país «al borde del colapso». No es retórica: es una descripción técnica de un sistema que no aguanta más.
Por qué hablamos de Líbano desde una flotilla a Gaza
Porque la lucha por el pueblo palestino y la lucha por el pueblo libanés no son dos luchas separadas. Comparten una misma raíz: el rechazo a una política regional que ha decidido que ciertas vidas pueden suspenderse para calcular otras cosas — territorio, influencia, contención.
Cuando la Flotilla Sumud rompe un bloqueo en el mar, también rompe un bloqueo simbólico: el bloqueo de información, el bloqueo de empatía, el bloqueo de memoria que permite al mundo mirar para otro lado mientras una región entera arde.
Por eso, mientras nuestra delegación se prepara para partir rumbo a Gaza, queremos decir el nombre de Beirut. El nombre de Sidón. El nombre del valle de la Becá. El nombre de las trescientas cuarenta y nueve aldeas del sur libanés que han sido evacuadas. Y el nombre, sobre todo, de las personas que ya no podrán volver a sus casas.
Qué podemos hacer desde acá
No es retórica preguntarse qué hacer cuando uno está a quince mil kilómetros. Las herramientas existen:
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No normalizar la masacre. Lo que pasa hoy en Beirut no es daño colateral. Es una operación deliberada con nombre propio, planificada en diez minutos de bombardeo coordinado. Decirlo es la primera resistencia.
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Nombrar a las víctimas. Cada cifra es una infancia, un vecindario, una familia. Repetir 254 hasta que deje de sonar a estadística.
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Escribir, marchar, exigir. A representantes parlamentarios, a la Cancillería chilena, a la ONU. La presión de las calles ha frenado guerras antes. Esta también puede frenarse.
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Acompañar a la delegación. Cada etapa del viaje de la Flotilla es una oportunidad para difundir, para conectar, para sostener. Las redes son una herramienta política cuando se usan con propósito.
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Donar a organizaciones humanitarias en el Líbano. El International Rescue Committee, la Cruz Roja Libanesa, UNICEF Líbano. Pequeñas cantidades, repetidas, sostienen estructuras enteras.
Cierre
La Flotilla zarpará en unos días llevando justicia y libertad. Lo decimos con las palabras exactas que aparecen en el saludo que hicimos para nuestra delegación: llevando justicia y libertad al pueblo de Gaza.
Pero la justicia no se reparte en pedazos. Si la pedimos para Gaza, la pedimos también para el Líbano. Si la pedimos para el Líbano, la pedimos también para todos los pueblos que estos días duermen en carpas o entre escombros, esperando que alguien — desde alguna parte del mundo — recuerde sus nombres y los diga en voz alta.
Hoy nosotres los decimos.
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